Poemas recomendados de Chile

Poemas recomendados de Chile

Chile ha dado al mundo algunos de los poetas más influyentes y admirados. Pablo Neruda, ganador del Premio Nobel de Literatura, transformó la poesía en un canto universal de amor, desamor y esperanza. Gabriela Mistral, también galardonada con el Nobel, llevó la poesía a las raíces de la maternidad y la naturaleza. Además, la poesía chilena contemporánea sigue viva en poetas que continúan explorando nuevas formas y voces.
Enrique Lihn

“Monólogo del padre con su hijo de meses”

Nada se pierde con vivir, ensaya:

aquí tienes un cuerpo a tu medida

Lo hemos hecho en sombra

por amor a las artes de la carne

pero también en serio, pensando en tu visita

como en un nuevo juego gozoso y doloroso;

por amor a la vida, por temor a la muerte

y a la vida, por amor a la muerte

para ti o para nadie.

 

Eres tu cuerpo, tómalo, haznos ver que te gusta

como a nosotros este doble regalo

que te hemos hecho y que nos hemos hecho.

Cierto, tan sólo un poco

del vergonzante barro original, la angustia

y el placer en un grito de impotencia.

Ni de lejos un pájaro que se abre en la belleza

del huevo, a plena luz, ligero y jubiloso,

sólo un hombre: la fiera

vieja del nacimiento, vencida por las moscas,

babeante y rebosante.

 

Pero vive y verás

el monstruo que eres con benevolencia

abrir un ojo y otro así de grandes,

encasquetarse el cielo,

mirarlo todo como por adentro,

preguntarle a las cosas por sus nombres

reír con lo que ríe, llorar con lo que llora,

tiranizar a gatos y conejos.

 

Nada se pierde con vivir, tenemos

todo el tiempo del tiempo por delante

para ser el vacío que somos en el fondo.

Y la niñez, escucha:

no hay loco más feliz que un niño cuerdo

ni acierta el sabio como un niño loco.

Todo lo que vivimos lo vivimos

ya a los diez años más intensamente;

los deseos entonces

se dormían los unos en los otros.

Venía el sueño a cada instante, el sueño

que restablece en todo el perfecto desorden

a rescatarte de tu cuerpo y tu alma;

allí en ese castillo movedizo

eras el rey, la reina, tus secuaces,

el bufón que se ríe de sí mismo,

los pájaros, las fieras melodiosos.

Para hacer el amor allí estaba tu madre

y el amor era el beso de otro mundo en la frente,

con que se reanima a los enfermos,

una lectura a media voz, la nostalgia

de nadie y nada que nos da la música.

 

Pero pasan los años por los años

y he aquí que eres ya un adolescente.

Bajas del monte como Zaratustra

a luchar por el hombre contra el hombre:

grave misión que nadie te encomienda;

en tu familia inspiras desconfianza,

hablas de Dios en un tono sarcástico,

llegas a casa al otro día, muerto.

Se dice que enamoras a una vieja,

te han visto dando saltos en el aire,

prolongas tus estudios con estudios

de los que se resiente tu cabeza.

No hay alegría que te alegre tanto

como caer de golpe en la tristeza

ni dolor que te duela tan a fondo

como el placer de vivir sin objeto.

Grave edad, hay algunos que se matan

porque no pueden soportar la muerte,

quienes se entregan a una causa injusta

en su sed sanguinaria de justicia.

Los que más bajo caen son los grandes,

a los pequeños les perdemos el rumbo.

En el amor se traicionan todos,

el amor es el padre de sus vicios.

Si una mujer se enternece contigo

le exigirás te siga hasta la tumba,

que abandone en el acto a sus parientes,

que instale en otra parte su negocio.

 

Pero llega el momento fatalmente

en que tu juventud te da la espalda

y por primera vez su rostro inolvidable en tanto huye de ti

que la persigues

a salto de ojo, inmóvil, en una silla negra.

Ha llegado el momento de hacer algo

parece que te dice todo el mundo

y tu dices que sí, con la cabeza.

En plena decadencia metafísica

caminas ahora con una libretita de direcciones en la mano,

impecablemente vestido, con la modestia de un hombre

joven que se abre paso en la vida,

dispuesto a todo.

El esquema que te hiciste de las cosas hace aire y se hunde

en el cielo dejándolas a todas en su sitio.

De un tiempo a esta parte te mueves entre ellas como un

pez en el agua.

Vives de lo que ganas, ganas lo que mereces, mereces lo que

vives;

has entrado en vereda con tu cruz a la espalda.

Hay que felicitarte:

eres, por fin, un hombre entre los hombres.

 

Y así llegas a viejo

como quien vuelve a su país de origen

después de un viaje interminable

corto de revivir, largo de relatar,

te espera en tí la muerte, tu esqueleto

con los brazos abiertos, pero tú la rechazas

por un instante, quieres

mirarte larga y sucesivamente

en el espejo que se pone opaco.

Apoyado en lejanos transeúntes

vas y vienes de negro, al trote, conversando

contigo mismo a gritos, como un pájaro.

No hay tiempo que perder, eres el último

de tu generación en apagar el sol

y convertirte en polvo.

 

No hay tiempo que perder en este mundo

embellecido por su fin tan próximo.

Se te ve en todas partes dando vueltas

en torno a cualquier cosa como en éxtasis.

De tus salidas a la calle vuelves

con los bolsillos llenos de tesoros absurdos:

guijarros, florecillas.

Hasta que un día ya no puedes luchar

a muerte con la muerte y te entregas a ella,

a un sueño sin salida, más blanco cada vez,

sonriendo, sollozando como un niño de pecho.

 

Nada se pierde con vivir, ensaya:

aquí tienes un cuerpo a tu medida,

lo hemos hecho en la sombra

por amor a las artes de la carne

pero también en serio, pensando en tu visita

para ti o para nadie.

Jorge Teillier

“Blue”

Veré nuevos rostros

Veré nuevos días

Seré olvidado

Tendré recuerdos

Veré salir el sol cuando sale el sol

Veré caer la lluvia cuando llueve

Me pasearé sin asunto

De un lado a otro

Aburriré a medio mundo

Contando la misma historia

Me sentaré a escribir una carta

Que no me interesa enviar

O a mirar a los niños

En los parques de juego.

 

Siempre llegaré al mismo puente

A mirar el mismo río

Iré a ver películas tontas

Abriré los brazos para abrazar el vacío

Tomaré vino si me ofrecen vino

Tomaré agua si me ofrecen agua

Y me engañaré diciendo:

«Vendrán nuevos rostros

Vendrán nuevos días».

Gonzalo Millán

“Lata”

Ya no te bastan mis ojos

 

para corroborar tu belleza.

 

Buscas en las calles

 

ajenos espejos, otros ojos,

 

la cabeza de un clavo

 

es una luna diminuta.

 

Contemplas una lata

 

de sardinas con agua de lluvia.