Fernando de la Cruz – Autor destacado del mes

Fernando de la Cruz (Monterrey- 1971), es Licenciado en Humanidades y Filosofía por la Universidad Mesoamericana de San Agustín en Mérida, Yucatán, y tiene un máster en Español (Literatura Hispánica y Lingüística Aplicada) por la Universidad de Ohio. Ha sido miembro del consejo directivo de la Mérida English Library y del comité consultivo del Patronato Pro Historia Peninsular de Yucatán (Pro-Hispen) en Literatura. Su obra incluye poesía lírica, satírica y para niños, con cinco libros publicados. Ha sido publicado en revistas como Periódico de Poesía (UNAM), The Ofi Press y Monolito.
Poemas destacados
Un punto muerto. Punto. No has sido ni serás
más que un chirrido estático en carteles estelares
—con tu foto de estrella literaria—
cuyo eco en los versos de tus imitadores
aún destroza los nervios de este humilde lector.
En la tarde planchada de tanto sol a cuestas
(equidistante a cada tosido de la Tierra),
centenares de miles de mofles se desangran:
esta ciudad de baches hambrientos de neumáticos
se hunde en sus asfaltos, chapoteando en esmog.
Y la asfixia, lo mismo que un verso estridentista,
se enreda en telarañas de los cables eléctricos
y, mientras voy franqueando las grietas en la acera,
la frente me florea al golpear un medidor.
La estridencia del blanco revienta en mis pupilas
—¡Que vivan Chernobyl y Fukushima,
Il Duce, Marinetti y Maples Arce!
Saquemos del museo la silla eléctrica
para poner en ella a Chico Mendes
(¿dices que ya está muerto?)—
que me pasen al menos unos lentes de sol.
Mis tímpanos afloran al paso de una moto
purista en humaredas de buen pequeño dios.
Yo departí tus versos
pero en aquellas páginas
diametralmente eléctricas,
tus prismales palabras me oprimieron el cuello
y un sueño quijotesco de turbinas eólicas
me diluyó tus páginas de lámina de asbesto.
Hoy saben tus metáforas más plásticas que nunca,
y suenan como esbozos de colegial copión:
Huidobro se decía descendiente del Cid.
Marinetti, de Zeus: humildes como tú.
Y aquellas academias que tanto aborrecieron
a los tres los endiosan en sus antologías
en cuya refractada sombra de mausoleo, sus huesos
invernosos piden calefacción.
Un alza de voltaje:
la estrella estridentista revienta fulminada,
con mi televisor.
Silencio.
La comisión eléctrica te pasa la factura.
En la noche terrible,
torcerle el cuello al cisne
no gastó un kilovolt.
Nicanor Parra aún vive de sus antipoemas,
Sabines —más leído que cualquier vanguardista—
se regodea en la anécdota, baila en lo antipoético,
a pesar de tus cuatro manifiestos
que ya tengo apilados para la cartonera,
en tanto la Victoria aterriza en Samotracia
y Chopin aún consuela a los polacos de hoy.
En efecto, la cosa ya es distinta:
el amor y la vida
son medioambientalistas
y está penalizada la agresión auditiva.
El planeta está harto de los estridentistas.
O por lo menos, ya estoy harto yo.
Yo no quiero morir pero todos mueren
Prenderé fuego en el bosque
sólo para ver qué sobrevive.
Esplendor atroz que abates la esperanza:
verde, rojo, negro y gris;
bosque vacuo, tu silencio es ya incoloro.
Y todo para decirte,
para enseñarte,
que yo no quiero morir pero todos mueren.
Y esta certeza que tengo, y no compruebo,
es el tiempo exacto de mi desgracia
y la de todos.
Mas si algo de mi bosque sobrevive
y la esperanza no claudica,
una hoja que cae al suelo
–impacto silente–
y me envuelve de nuevo el miedo.
Así que sólo cierro mis párpados, los siento,
y deseo nunca perder los ojos.